Se sentaron frente a frente.
Había que hablar de trivialidades,
herramientas de la normalidad
sin artificios.
La seducción enterrada
víctima de muerte violenta.
Sin autopsia.
Por debajo discurren ríos
de lo que no se dice.
Los cuerpos estáticos, neutros
asesinando a los recuerdos
que gritan en silencio
al caer en su fosa común.
El pensó en decirle
que su ternura podría ser más democrática
salir del centro
a su periferia
pero el pensamiento
se desangra por el camino
y llega cadáver a los labios.
Las voces resuenan como un aguacero
cayendo sobre la chapa.
No hay ni un simulacro de susurro.
Un puño clavado en el estómago
le señala que está sintiendo
una explosión nuclear.
Pero es una vasija de plomo.
Afuera sólo llega una pequeña exhalación,
un minúsculo temblor de la voz.
Sigue hablando inmóvil
las frases como nubes
flotando en el aire templado.
Unos ojos rastrean otros ojos
buscando una breve fisura
un indicio
pero las miradas vuelven exhaustas
tristes
sin ninguna presa.
Y siguen sirviendo sus voces
en bandejas de plástico
mientras con tinta simpática
miden las dimensiones
del desierto que los separa
aunque apenas hay veintisiete centímetros
entre una mano y otra mano
un metro y medio
entre sus ruinas y sus labios
absolutamente insalvables.
Y siguen pintando
el decorado frágil de esta rutina
recién inventada.
Detrás, guardarán a escondidas
uno del otro
lo que fué de los dos
para que se cubra con las blandas telarañas
de los dias y los meses.
Apilarán cajas con palabras
como única herencia
de este momento
en que la muerte es
exactamente
no poder decir
te quiero.
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