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martes, 17 de abril de 2018

El tiempo se me echó encima
con su torpe forma de llegar
sin conceder ni una tregua
para preparar el momento.
Y eso que había esperado tanto.
Llegó sin su séquito
de arcángeles anunciadores
que otras veces
señalan con sus espadas
esos momento cruciales.
Me hizo crujir las costillas
con su peso ciego
y su voracidad infinita.
Sin dejarme respirar ni un futuro.
Vino adornado con sus collares
en los que brillaban rubíes de oportunidades
perdidas y zafiros
de pérdidas irreparables.
Ese día los pájaros cantaron
en otro idioma.
Todo el mundo recuerda qué estaba haciendo
en los momentos que se vuelven famosos.
Yo estaba haciendo un arroz
que se quedó a medio cocer
ya para siempre.
El tiempo recogió mis instantes inolvidables
que yo tenía desperdigados por la mesa y por la cama
porque, soy así, me gusta tenerlos cerca.
Y me dijo que eran suyos.
Requisó los recuerdos que utilizaba
para endulzar el té, mucho más saludables
que cualquier otro azúcar
pero que según él,
estaban caducados.
Puso las cosas en su sitio.
Ya conocéis su manía
de hacer limpieza general
y dejar las vidas como los chorros
de las lágrimas
que no hay quien las reconozca.

Y ese día no tuve con qué recordarte.

Menos mal que también existes
en una dimensión
que ni siquiera el tiempo
es capaz de imaginar.

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