Hace un tiempo, de improviso,
tuve un ataque de felicidad.
No fué una sorpresa,
porque se venía anunciando
con sonrisas a destiempo
desarmonía en los latidos
y el futuro muy inflamado.
Como tratamiento de choque,
quienes tenía alrededor
me pusieron una dosis de inseguridad
y me desfibrilaron la realidad.
En ese momento no lo sabían,
pero me salvaron la existencia.
Es decir, esto que las personas normales
suelen llamar vivir.
En el sanatorio de la rutina
otros felices como yo
revivíamos en la terapia
nuestros miedos más secretos.
Hasta que aprendimos a deletrear
desesperanza.
Hubo que esperar mucho
para neutralizar el placer
disolver los coágulos de dulzura
y relajar los músculos del deseo.
Ahora hago ejercicios con el olvido
y llevo una dieta baja en alegría.
Así consigo reducir
los besos intempestivos
y las ilusiones estrambóticas.
Reconozco que es cómoda
esta nebulosa gris
en la que se sumergen los días
en la que no hay que elegir
sino amoldarse
no hay que sentir
sino aquietarse
no hay que mostrar
sino ocultarse.
Pero cuando nadie me ve
me encierro en cualquier sitio
y te recuerdo.
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