Los silencios no sólo son
ausencia de sonido
sino que están forjados
con su propia materia
de peso y densidad variable
según de dónde provengan.
Si el silencio te nace dentro
notarás un olor a soledad
a cueva antigua
donde los secretos
se han hecho murciélagos
adheridos al recodo más profundo
durmientes
hasta que en medio la noche insomne
salen en desbandada ciega
cuando ya nadie
ni uno mismo siquiera, oye.
A tu alrededor, los oídos
que florecen para tí se marchitan
y se mueren de hambre.
Cuando es afuera
donde nada se escucha
uno cree vivir en un cementerio
sólo visitable en días de fiesta
con las pisadas como únicas caricias.
Acuden los que un día te quisieron
y sin perder de vista la salida
te buscan durante un momento
en las turbias cicatrices del granito.
Espacio en que todo posible bullicio
es la música de los pájaros
sin un solo acorde humano.
Tu voz la devoran los gusanos
aunque su anhelado camino
fuera fertilizar sonrisas.
Pero cuando el silencio
lo envuelve todo
volvemos al estado fetal
y primigenio.
Como si estuviéramos en el útero
de una nueva madre
nos movemos si ésta se mueve
notamos su inquietud
y acusamos los golpes que recibe
sin saber nada de ella.
Todo rebota en el líquido amniótico
que nos deja sordos y mudos
y se hace posible el sueño inocente.
Nada lo atraviesa. Ningún sentido se despliega.
Entonces, para volver a vivir
para volver a escuchar
para volver a hablar
tenemos que ser paridos de nuevo.
Y comenzar otra vez
cubiertos de sangre
rompiendo el primer llanto
a la espera de que alguien corte
el cordón de los sueños perdidos
y de un viento hermano
que nos inunde los pulmones
y la vida.
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