Si
vas a desear algo durante mucho tiempo, has de tener en cuenta que
los deseos tienen su existencia particular, una especie de devenir
propio que los transforma constantemente. Por eso a veces, cuando
después de una larga espera, alguna vez se cumplen, no se parecen en
nada al recuerdo que tenemos de ellos. Porque si quieres aplazar un
deseo, debes guardarlo bien. Conservado adecuadamente, puede durar
años y años, resistir los peores embates de realidad y hasta crear,
en tu mente, un espacio propio en el que desarrollarse a sus anchas.
Lo malo es que si lo guardas, dejas de verlo, de olerlo, de tocarlo y
empiezas a no saber como estará madurando. Algunas veces toman un
color denso y espeso, se ponen dulzones y blandos y aunque se pueden
probar, enseguida te empalagan. Otras, en cambio, a pesar de mantener
su consistencia exterior, están podridos por dentro y al tocarlos,
un festival de hongos azules nos anuncia que ya no sirven. En alguna
ocasión, incluso, continúan teniendo la misma apariencia y se
pueden consumir, pero ya no saben a nada.
Cada
cuál tiene en su frigorífico unos cuantos deseos caducados.
Pero
si te importa más que los deseos estén vivos que aplazarlos en el
tiempo, lo mejor es conservarlos al aire libre. Tenerlos todo el día
entre manos. Acariciarlos. Hablarles. Preguntarles si de verdad
quieren saltar de dimensión. Dejarlos descansar a veces, pero
despiertos, sin permitirles que se duerman y se conviertan en sueños.
Porque los sueños no están hechos para cumplirse. Los deseos sí.
Mantenidos de esta manera, pueden morir más fácilmente, pero si
alguna vez se hacen realidad, saben a gloria.
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