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jueves, 15 de febrero de 2018

Si vas a desear algo durante mucho tiempo, has de tener en cuenta que los deseos tienen su existencia particular, una especie de devenir propio que los transforma constantemente. Por eso a veces, cuando después de una larga espera, alguna vez se cumplen, no se parecen en nada al recuerdo que tenemos de ellos. Porque si quieres aplazar un deseo, debes guardarlo bien. Conservado adecuadamente, puede durar años y años, resistir los peores embates de realidad y hasta crear, en tu mente, un espacio propio en el que desarrollarse a sus anchas. Lo malo es que si lo guardas, dejas de verlo, de olerlo, de tocarlo y empiezas a no saber como estará madurando. Algunas veces toman un color denso y espeso, se ponen dulzones y blandos y aunque se pueden probar, enseguida te empalagan. Otras, en cambio, a pesar de mantener su consistencia exterior, están podridos por dentro y al tocarlos, un festival de hongos azules nos anuncia que ya no sirven. En alguna ocasión, incluso, continúan teniendo la misma apariencia y se pueden consumir, pero ya no saben a nada. 
 
Cada cuál tiene en su frigorífico unos cuantos deseos caducados.

Pero si te importa más que los deseos estén vivos que aplazarlos en el tiempo, lo mejor es conservarlos al aire libre. Tenerlos todo el día entre manos. Acariciarlos. Hablarles. Preguntarles si de verdad quieren saltar de dimensión. Dejarlos descansar a veces, pero despiertos, sin permitirles que se duerman y se conviertan en sueños. Porque los sueños no están hechos para cumplirse. Los deseos sí. Mantenidos de esta manera, pueden morir más fácilmente, pero si alguna vez se hacen realidad, saben a gloria.


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