Corría hacia ti
te desnudaba las palabras
y la falda.
Te traía.
Desbocábamos la vida
como salvajes
sin hojas de parra
en las bocas.
Cruzábamos sin permiso
confiados en la deriva
con un chicle pegado
sobre la brújula.
Uníamos la carne
y los cerebros
con la espina dorsal
del deseo.
Sembrábamos los relojes
preñados de madrugadas
para que brotaran
horas nuevas.
Cantábamos a los insomnios
serenatas de besos
mientras el mundo
se iba al carajo.
Respirábamos profundo
dándole la mano al universo
porque en ese segundo
todo estaba bien.
Todo eso hacía en mi sueño
alimentado por la fiebre
que no nos necesita
para crear su teatro.
Todo eso que no pasará
ahora yace en silencio
entre las luces del día
como un antiguo palacio
recién saqueado.
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