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miércoles, 14 de febrero de 2018

Llega este 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, cargado de más controversias que otros años, tal vez porque hay más iniciativas de lucha, porque el movimiento crece, pero también porque ese día 8 van a reivindicarse cosas muy distintas bajo una misma movilización.
     Apoyo la lucha del 8 de marzo porque no entiendo la separación de las luchas en colectivos de personas afectadas o agredidas; cada vez que nos disgregamos en reivindicaciones parciales, hacemos un favor al enemigo común, que es el sistema político, económico y social vigente. Un sistema que tiene muchas facetas, y que todas las personas sufrimos en alguna o en muchas de ellas. Por supuesto que todas las luchas tienen derecho a ser visibilizadas y tener su protagonismo social. Pero no como compartimentos estancos. Si hacemos nuestra lucha parcial, y sólo nos interesa la nuestra, el sistema encontrará una manera fácil (una ley, una promesa, una comisión, un nombramiento, una subvención) para “apaciguar” los problemas que presentamos, o para apaciguarnos a nosotras. Si nos separamos, perdemos. Pero si conseguimos ver las luchas con una perspectiva unitaria, podremos conseguir algo. No creo en la existencia aislada de un problema de género, de racismo, de desigualdad económica, laboral, o de vivienda. Creo que sufrimos un único sistema. Por eso, si tengo que acudir a defender a una compañera del sindicato porque tiene un conflicto laboral, lo haré de la misma manera si quién la explota es un hombre o una mujer. Y si la agrede la policía, no preguntaré si lo hizo una mujer policía o un hombre. Si un compañero resulta injustamente condenado, no preguntaré el género de quién lo juzgó. Si defiendo los derechos de una persona inmigrante, no miraré si es hombre o mujer. Y aunque a veces sea necesario tratar los casos de forma diferente, no creo que sea útil crear luchas distintas, sino maneras distintas de afrontar la misma lucha. Por eso entiendo que hombres y mujeres estamos condenadas a pelear, unas y otros, por los derechos de todas las personas y a defendernos de un sistema que sigue validando la cultura y la educación machista, que es la cultura del poder, a través de sus diversas formas de expresión. En la escuela, en la calle, en el cine, en la televisión, en la moda, en la publicidad, en los modelos de éxito. Y no me importa si el poder lo ejercen hombres o mujeres, sino la forma en que lo padecemos las personas.
      Apoyo las luchas del 8 de marzo porque no creo en el sexismo. No creo en él ni cuando los colectivos religiosos segregan niños y niñas con alguno de sus oscuros objetivos presuntamente moralizantes, ni cuando los hombres generan espacios “masculinos” para relacionarse, trabajar o divertirse. Ni tampoco cuando los colectivos de mujeres reivindican un feminismo exclusivamente de género. Y tampoco cuando se nos asignan (o nos autoasignamos, según la conveniencia) tareas o competencias diferentes según el género. No creo que mujeres y hombres puedan existir, defenderse o reivindicarse por separado. Del mismo modo que los hombres tenemos que erradicar discursos y prácticas machistas, resulta absurdo pensar que una mujer, por el sólo hecho de serlo, está libre de tener que deshacerse de la otra cara de ese mismo discurso. Y aunque en determinados momentos, sea necesario generar espacios que excluyan al hombre, para tratar agresiones sexuales o de otro tipo, creo que no pueden convertirse en una norma, porque de esa forma, estamos aceptando implícitamente el sexismo contra el que llevamos tanto tiempo combatiendo hombres y mujeres.
      Apoyo las luchas del 8 de marzo porque entiendo que la revolución feminista no es conseguir que el próximo Bonaparte sea mujer, sino en que no haya más Bonapartes. No creo que sea un logro que las mujeres hayan accedido al ejército; el logro sería abolir el ejército. No creo que sea un logro que la presidenta de un banco sea una mujer; el logro sería pensar y trabajar por una sociedad sin bancos. Porque los conflictos de poder no se dan sólo entre hombres y mujeres, sino entre personas que tienen ese poder y personas que no lo tienen. Intentar reducirlo a un problema de género, es cuando menos, un razonamiento de corto alcance. Cuando una mujer contrata a una empleada de hogar, y le paga 500 euros al mes por nueve horas de trabajo diarias, el problema no es el género, sino como se maneja la autoridad que te da el dinero. Si esa mujer que contrata se considera feminista o milita en el feminismo, es simplemente un fraude. Cuando una directora de personal de una empresa despide a otras mujeres porque la empresa tiene que mantener sus beneficios, no hay un problema de género, hay un problema de neoliberalismo. Cuando una mujer educa a sus hijos e hijas según los roles de género que le han transmitido las generaciones conservadoras desde don pelayo, no hay un problema de género, sino de como conservamos dentro de nosotros la autoridad y de como se transmite la idea del poder. Si una mujer que atraviesa una frontera muere o es asesinada durante el tránsito y otra que también la cruza se pasea bajo los flashes cubierta de éxito, no podremos agruparlas por su género, sino que encontraremos la diferencia en la pura economía. Si un profesor o un empresario se aprovecha de quiénes están a su cargo, robandoles el producto de su trabajo, intelectual o manual, lo hace porque puede, porque se ampara en una estructura jerárquica que se lo permite o cuando menos, se lo tolera. Y cuando ese mismo profesor o empresario se aprovecha sexualmente de las mujeres que trabajan para él o estudian en su clase, lo hace por la misma razón. Hay una cuestión de género porque el agresor es hombre y las agredidas son mujeres, pero el problema es la estructura que le indica que los que están por debajo suya son casi de su propiedad, que los puede usar como quiera.
     Apoyo las luchas del 8 de marzo para defender el derecho a la libertad de expresión de todas las personas, en cualquier momento. Porque creo que criminalizar los pensamientos y las palabras ha sido siempre a lo largo de la historia un mal presagio de lo que iba a venir después.
     Apoyo las luchas del 8 de marzo porque creo que hay que desacralizar la sociedad de arriba a abajo, lanzando al olvido de una vez por todas, las religiones y las creencias que nos separan a hombres y mujeres al concedernos papeles distintos en sus mundos de ficción, que son los que siguen sosteniendo nuestras culturas. Porque tanto hombres y mujeres son libres de hacer con su sexo lo que quieran, sin más limitación que su propia voluntad, sin necesitar permiso de nadie y sin que la sociedad tenga que venir a decirnos que es lo correcto y que no lo es. Me refiero a elegir el propio sexo, a desarrollarlo publicamente sin censura alguna o a inventar las prácticas y modos de relación que a cada cual le salgan de sus respectivas gónadas reproductivas. Me refiero además, a que tanto mujeres como hombres puedan comerciar con su sexo, en libertad, como comercian con sus manos o sus cerebros sin que nadie tenga que censurarles esa práctica, del mismo modo que no veo a nadie que encuentre ningún obstáculo moral en las mujeres alquilen su fuerza de trabajo, su salud y su tiempo, generalmente a precio muy barato . Y esto no es una defensa de la prostitución, sino un grito para que nos demos cuenta, primero, de cómo nos parece lo más normal del mundo vender nuestros cuerpos y nuestras vidas al capital, y segundo, para sacar a cristo, a alá y a todo lo divino de las vaginas y los penes y colocarlos donde deben estar, que es en los altares privados que cada cual quiera adorar, pero fuera de las calles, las leyes, los cuerpos y las mentes.
      El día 8 de marzo haré huelga también por las mujeres que no podrán ejercer su derecho, porque la encargada de la tienda en la que trabajan, otra mujer, les ha dicho que si se les ocurre hacerla ya saben que no tienen que volver.
     Haré huelga por la trabajadora que hace once horas al dia por 800 euros, porque la dueña de su empresa, una emprendedora y mujer también, le ha dicho “que eso es lo que hay”, que si quiere que lo coja y si no que lo deje, que hay muchas esperando.
      Haré huelga para que deje de haber trabajos de mujeres y de hombres, así como actitudes y costumbres de mujeres y de hombres, y para que podamos mirarnos algún día, como personas. Sin más adjetivos.
      Haré huelga para contribuir a terminar con este sistema de castas que nos divide en infinitas partes para confinarnos en pequeños rediles donde somos inofensivas. Para que la vida no esté marcada por el género, la raza, la procedencia o la extracción social. Para que realmente seamos iguales en la cuna.
      Haré huelga en solidaridad con aquellas mujeres que han sentido miedo frente a la violencia patriarcal del padre, del marido o de los hombres con los que se cruzan. Porque también lo he sentido yo muchas veces.
      Haré huelga en solidaridad también con aquellas mujeres a las que se les exige un determinado canon físico para trabajar y con aquellas que no encuentran trabajo por no coincidir con ese canon.
      Haré huelga también por mi abuela, a la que el bando fascista afeitó la cabeza y paseó por el pueblo tras hacerle tomar aceite de ricino, mientras otras, mujeres también, les jaleaban y con la mantilla puesta, asistían a las celebraciones de triunfo del régimen.
      Y haré huelga por mi otra abuela y por mi madre, que en los tiempos del hambre servían como criadas en casa de una familia pudiente, cuya dueña, mujer también, prefería tirar la comida a que se la comieran las sirvientes.


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