Llega
este 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, cargado de más
controversias que otros años, tal vez porque hay más iniciativas de
lucha, porque el movimiento crece, pero también porque ese día 8
van a reivindicarse cosas muy distintas bajo una misma movilización.
Apoyo
la lucha del 8 de marzo porque no entiendo la separación de las
luchas en colectivos de personas afectadas o agredidas; cada vez que
nos disgregamos en reivindicaciones parciales, hacemos un
favor al enemigo común, que es el sistema político, económico y
social vigente. Un sistema que tiene muchas facetas, y que todas las
personas sufrimos en alguna o en muchas de ellas. Por supuesto que
todas las luchas tienen derecho a ser visibilizadas y tener su
protagonismo social. Pero no como compartimentos estancos. Si hacemos
nuestra lucha parcial, y sólo nos interesa la nuestra, el sistema
encontrará una manera fácil (una ley, una promesa, una comisión,
un nombramiento, una subvención) para “apaciguar” los problemas
que presentamos, o para apaciguarnos a nosotras. Si nos separamos,
perdemos. Pero si conseguimos ver las luchas con una perspectiva
unitaria, podremos conseguir algo. No creo en la existencia aislada
de un problema de género, de racismo, de desigualdad económica,
laboral, o de vivienda. Creo que sufrimos un único sistema. Por eso,
si tengo que acudir a defender a una compañera del sindicato porque
tiene un conflicto laboral, lo haré de la misma manera si quién la
explota es un hombre o una mujer. Y si la agrede la policía, no
preguntaré si lo hizo una mujer policía o un hombre. Si un
compañero resulta injustamente condenado, no preguntaré el género
de quién lo juzgó. Si defiendo los derechos de una persona
inmigrante, no miraré si es hombre o mujer. Y aunque a veces sea
necesario tratar los casos de forma diferente, no creo que sea útil
crear luchas distintas, sino maneras distintas de afrontar la misma
lucha. Por eso entiendo que hombres y mujeres estamos condenadas a pelear, unas y otros, por los derechos de todas las personas y a
defendernos de un sistema que sigue validando la cultura y la
educación machista, que es la cultura del poder, a través de sus
diversas formas de expresión. En la escuela, en la calle, en el
cine, en la televisión, en la moda, en la publicidad, en los modelos
de éxito. Y no me importa si el poder lo ejercen hombres o mujeres,
sino la forma en que lo padecemos las personas.
Apoyo
las luchas del 8 de marzo porque no creo en el sexismo. No creo en él
ni cuando los colectivos religiosos segregan niños y niñas con
alguno de sus oscuros objetivos presuntamente moralizantes, ni cuando
los hombres generan espacios “masculinos” para relacionarse,
trabajar o divertirse. Ni tampoco cuando los colectivos de mujeres
reivindican un feminismo exclusivamente de género. Y tampoco cuando
se nos asignan (o nos autoasignamos, según la conveniencia) tareas o
competencias diferentes según el género. No creo que mujeres y
hombres puedan existir, defenderse o reivindicarse por separado. Del
mismo modo que los hombres tenemos que erradicar discursos y
prácticas machistas, resulta absurdo pensar que una mujer, por el
sólo hecho de serlo, está libre de tener que deshacerse de la otra
cara de ese mismo discurso. Y aunque en determinados momentos, sea
necesario generar espacios que excluyan al hombre, para tratar
agresiones sexuales o de otro tipo, creo que no pueden convertirse en
una norma, porque de esa forma, estamos aceptando implícitamente el
sexismo contra el que llevamos tanto tiempo combatiendo hombres y
mujeres.
Apoyo
las luchas del 8 de marzo porque entiendo que la revolución
feminista no es conseguir que el próximo Bonaparte sea mujer, sino
en que no haya más Bonapartes. No creo que sea un logro que las
mujeres hayan accedido al ejército; el logro sería abolir el
ejército. No creo que sea un logro que la presidenta de un banco sea
una mujer; el logro sería pensar y trabajar por una sociedad sin
bancos. Porque los conflictos de poder no se dan sólo entre hombres
y mujeres, sino entre personas que tienen ese poder y personas que no
lo tienen. Intentar reducirlo a un problema de género, es cuando
menos, un razonamiento de corto alcance. Cuando una mujer contrata a
una empleada de hogar, y le paga 500 euros al mes por nueve horas de
trabajo diarias, el problema no es el género, sino como se maneja la
autoridad que te da el dinero. Si esa mujer que contrata se
considera feminista o milita en el feminismo, es simplemente un
fraude. Cuando una directora de personal de una empresa despide a
otras mujeres porque la empresa tiene que mantener sus beneficios, no
hay un problema de género, hay un problema de neoliberalismo. Cuando
una mujer educa a sus hijos e hijas según los roles de género que
le han transmitido las generaciones conservadoras desde don pelayo,
no hay un problema de género, sino de como conservamos dentro de
nosotros la autoridad y de como se transmite la idea del poder. Si
una mujer que atraviesa una frontera muere o es asesinada durante el
tránsito y otra que también la cruza se pasea bajo los flashes
cubierta de éxito, no podremos agruparlas por su género, sino que
encontraremos la diferencia en la pura economía. Si un profesor o un
empresario se aprovecha de quiénes están a su cargo, robandoles el
producto de su trabajo, intelectual o manual, lo hace porque puede,
porque se ampara en una estructura jerárquica que se lo permite o
cuando menos, se lo tolera. Y cuando ese mismo profesor o empresario
se aprovecha sexualmente de las mujeres que trabajan para él o
estudian en su clase, lo hace por la misma razón. Hay una cuestión
de género porque el agresor es hombre y las agredidas son mujeres,
pero el problema es la estructura que le indica que los que están
por debajo suya son casi de su propiedad, que los puede usar como
quiera.
Apoyo
las luchas del 8 de marzo para defender el derecho a la libertad de
expresión de todas las personas, en cualquier momento. Porque creo
que criminalizar los pensamientos y las palabras ha sido siempre a lo
largo de la historia un mal presagio de lo que iba a venir después.
Apoyo
las luchas del 8 de marzo porque creo que hay que desacralizar la
sociedad de arriba a abajo, lanzando al olvido de una vez por todas,
las religiones y las creencias que nos separan a hombres y mujeres al
concedernos papeles distintos en sus mundos de ficción, que son los
que siguen sosteniendo nuestras culturas. Porque tanto hombres y
mujeres son libres de hacer con su sexo lo que quieran, sin más
limitación que su propia voluntad, sin necesitar permiso de nadie y
sin que la sociedad tenga que venir a decirnos que es lo correcto y
que no lo es. Me refiero a elegir el propio sexo, a desarrollarlo
publicamente sin censura alguna o a inventar las prácticas y modos
de relación que a cada cual le salgan de sus respectivas gónadas
reproductivas. Me refiero además, a que tanto mujeres como hombres
puedan comerciar con su sexo, en libertad, como comercian con sus
manos o sus cerebros sin que nadie tenga que censurarles esa
práctica, del mismo modo que no veo a nadie que encuentre ningún
obstáculo moral en las mujeres alquilen su fuerza de trabajo, su
salud y su tiempo, generalmente a precio muy barato . Y esto no es
una defensa de la prostitución, sino un grito para que nos demos
cuenta, primero, de cómo nos parece lo más normal del mundo vender
nuestros cuerpos y nuestras vidas al capital, y segundo, para sacar a
cristo, a alá y a todo lo divino de las vaginas y los penes y
colocarlos donde deben estar, que es en los altares privados que cada
cual quiera adorar, pero fuera de las calles, las leyes, los cuerpos
y las mentes.
El
día 8 de marzo haré huelga también por las mujeres que no podrán
ejercer su derecho, porque la encargada de la tienda en la que
trabajan, otra mujer, les ha dicho que si se les ocurre hacerla ya
saben que no tienen que volver.
Haré
huelga por la trabajadora que hace once horas al dia por 800 euros,
porque la dueña de su empresa, una emprendedora y mujer también, le
ha dicho “que eso es lo que hay”, que si quiere que lo coja y si
no que lo deje, que hay muchas esperando.
Haré
huelga para que deje de haber trabajos de mujeres y de hombres, así
como actitudes y costumbres de mujeres y de hombres, y para que
podamos mirarnos algún día, como personas. Sin más adjetivos.
Haré
huelga para contribuir a terminar con este sistema de castas que nos
divide en infinitas partes para confinarnos en pequeños rediles
donde somos inofensivas. Para que la vida no esté marcada por el
género, la raza, la procedencia o la extracción social. Para que
realmente seamos iguales en la cuna.
Haré
huelga en solidaridad con aquellas mujeres que han sentido miedo
frente a la violencia patriarcal del padre, del marido o de los
hombres con los que se cruzan. Porque también lo he sentido yo
muchas veces.
Haré
huelga en solidaridad también con aquellas mujeres a las que se les
exige un determinado canon físico para trabajar y con aquellas que
no encuentran trabajo por no coincidir con ese canon.
Haré
huelga también por mi abuela, a la que el bando fascista afeitó la
cabeza y paseó por el pueblo tras hacerle tomar aceite de ricino,
mientras otras, mujeres también, les jaleaban y con la mantilla
puesta, asistían a las celebraciones de triunfo del régimen.
Y
haré huelga por mi otra abuela y por mi madre, que en los tiempos
del hambre servían como criadas en casa de una familia pudiente,
cuya dueña, mujer también, prefería tirar la comida a que se la
comieran las sirvientes.