Cruzo errante las mañanas
queriendo esperarte
aunque no haya donde
ni cuando.
Aunque las hojas del té dibujan
tu exacta calidez
los ascensores vuelan
y se sumergen vacíos.
Te escribo en los bares
con esta tinta simpática
que sólo tú, acaso, algún día
podrás desvelar.
Casi me vuelvo palabras para nadie
y me hago nadie yo también
hasta este pequeño silencio
está aprendiendo a hablar y a oir.
Y sin conocer la esperanza
soy incapaz de imaginar
para que vive
la gente que no te espera.
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