Para J.M., desaparecido todo el fin de semana
en el combate contra sí mismo.
A veces me envuelvo en recuerdos
como si fueran una droga.
Como lluvia a través de la ventana.
Sin querer, me dejo acunar
como un aprendiz de Cyrano
que tiene su hogar en las ausencias.
En esas horas, hago cosas en segundo plano.
El bulbo raquídeo, siempre de guardia,
se encarga de ellas.
Mientras, las neuronas andan
como ovejas perdidas
por las praderas del tiempo.
Brillan en la conciencia cicatrices
y se vuelven hacia dentro los sentidos.
Cuando advierto esta doble vida
que la mente se organiza a mis espaldas
intento regañarle, reconducirla, traerla.
Pero se niega, se encabezona y me hace escenas.
En ese momento, me la llevo a un bar
sé que allí sus resistencias se rompen.
Como otras tantas cosas.
La cerveza atenúa los contornos
de lo imposible
reduce la velocidad del mundo
y hace aterrizar la calma.
El universo se vuelve blando. Una esponja.
Apaga las luces que encandilan
y pone el hilo musical de una lástima
suave
que no puede gatear hasta los adentros
porque no es anfibia.
Es verdad que se resienten el equilibrio, la lengua y la decencia,
para los que nunca tuve grandes aptitudes
ni tampoco vocación.
Y me acerco a esa frontera, entre el naufragio
y el coma etílico
esa tierra de nadie donde las miradas
ya no dicen nada
porque los ojos no tienen ya qué reflejar.
El cerebro se reconcilia, hay abrazos
y un leve murmullo de felicidad
que exhalan las botellas vacías.
Después, esas mismas neuronas
me siguen como al flautista de Hamelin
en la travesía por mi ciudad secreta
preparándose bulliciosamente
como pájaros en la madrugada
para la vigilia del olvido
que durará
hasta que el cuerpo recobre
su peso corriente.
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